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【FanFic Spamano】「Il peccato più grande」

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【FanFic Spamano】「Il peccato più grande」

Mensaje por Alfred F. Jones el Lun Oct 10, 2011 6:02 pm

► Autor/a: NyoChibi [ Alfred F. Jones ]
► Fandom: APH
► Pairing: Chibibun/DarkSpain[x]"Cura"Romano
► Pairing secundaria: Muy leve insinuación de Frukusa ( si, trío, nada de triángulo ), Aleita
► Rating: M/R18 (?)
► Advertencias de todos los capítulos: Insinuación de shota, aparición del bien y el mal "en persona", BDSM, posible violación...
► Advertencias de este capítulo: Confusión.
► N/A: Paranoias... paranoias everywhere (? Este justo lo empecé la semana pasada y subí hoy el primer capítulo... así que si lo quieren seguir desde FF, anda justo por la primera parte 8'D Al final las traducciones de las palabras/frases en italiano~
► Url en fanfiction: http://www.fanfiction.net/s/7368811/1/Il_peccato_piu_grande




Il peccato più grande

Peccato 1: Omosessualità

Siempre dicen que cuando uno cae en el pecado ya no hay vuelta atrás, aunque siempre Dios te de la oportunidad de arrepentirte.

Dios es fuerte, pero el demonio también lo es y es capaz de hacerte caer en la mas pura tentación si ese es su deseo… y él, no iba a ser la excepción.


¿Alguien hubiera creído que él, Lovino Vargas, hubiera acabado en brazos del señor? No, nunca nadie hubiera sospechado de que él, el ser mas irritable de toda la faz de la tierra - obvio para aquellos que le conocían nada mas, ¡seguro que había alguien peor que él! - ahora vestiría un traje negro y cuello blanco, rezando todos los días y noches. Ni siquiera su hermano Feliciano, que parecía el mas choqueado por aquella noticia.

No, nadie le había obligado a hacerlo, había querido y punto… y es que el haber sobrevivido a aquel accidente no podía ser mas que un milagro. O eso o es que su cerebro se había vuelto del revés con tremendo golpe, como decían algunos.

Ese año curiosamente había decidido nevar, por lo que las calles estaban heladas y era peligroso conducir a ciertas horas de la noche pues refrescaba demasiado y las carreteras se deslizaban por si solas, incluso brillaban a contra luz, sin embargo él había decidido ignorar las sugerencias pues estaba cansado de aquella dichosa fiesta en la que no era mas que ignorado, no había mujeres hermosas a las que echar el lazo pues una sola que estaba libre y al parecer había clavado los ojos en aquel estúpido francés. ¡¿Qué tenía el rubio que no tuviera él? Asqueado y con ganas de llegar a su casa y tirarse al sofá como saco desplomado cogió su automóvil y sin dudarlo prendió camino a una velocidad exagerada, hasta que finalmente las ruedas patinaron perdiendo el completo control del auto, rezando para que los airbag funcionaran y le permitieran no golpearse contra el volante. Si, funcionaron, pero lo único en lo que le ayudaron fue a asfixiarse cuando el coche terminó estrellándose contra una valla de seguridad, rompiéndola y dejándole caer al vacío. Lo último que su mente pudo recordar de aquello fue una imagen borrosa acompañado por un tremendo dolor de cabeza, lo siguiente ver como lenta y tortuosamente el coche se aproximaba hacia el mar… permitiéndole ver su asquerosa vida en tan solo milésimas de segundo.

Dios le había dado una segunda oportunidad para poder arreglar todo aquello que había echo, salvar su alma de todo pecado cometido. O eso estaba pensando al percatarse de que su mirada se encontraba fija en el trasero de una bella dama caminando tan tranquilamente por las calles italianas. Se abofeteó mentalmente mientras volvía la atención a aquel diario mientras esperaba pacientemente su café, sentado en una terraza de una de las mejores cafeterías que habían en la ciudad. Por desgracia, la paciencia era algo de lo que no le sobraba, es mas, empezaba a escasearle y de no haber sido porque al girar la mirada el camarero ya se acercaba con su pedido se habría levantado para reclamar.

¡Fratello! - pudo escucharse una voz realmente familiar para el ojiverde a lo lejos.

El nombrado cambió su atención del café al chico que llegaba corriendo, sonriendo de oreja a oreja - o estúpidamente, como gustaba de llamarlo él ahora a escondidas - hasta detenerse a un lado de la mesa. El menor inclinó el cuerpo apoyando las manos sobre sus rodillas intentando recuperar el aliento.

Scusa fratello, me entretuve hablando con una bella signorina, ve~

Feliciano Vargas, alias stupido fratello por parte del mayor de los hermanos. Aquel chico frente a él había sido en gran mesura parte de sus problemas. Con un simple gesto con la mirada señaló la silla libre de la mesa y el menor, nada mas comprender aquel gesto, tomó asiento. Tenían gran parecido físicamente, pero en personalidad eran demasiado diferentes. Mientras que Lovino se había pasado gran parte de su vida holgazaneando, insultando y maldiciendo, solo intentando ligar y sin intentar hacer nada de provecho con su vida, Feliciano era alguien demasiado alegre, le gustaba pasar el día dibujando o tocando el violín, tomar la siesta también estaba en su enorme lista de cosas que hacer, y obviamente si tenía la oportunidad de piropear alguna bella no la desperdiciaba… pero sin duda, a vista de todo el mundo, Feliciano era muchísimo mejor. Y ya ni hablar de las habilidades; el menor era muy bueno en la cocina y el arte, en los quehaceres de la casa… Lovino era un desastre en los quehaceres, mas que ordenar terminaba siempre desordenando todo mas aún y aunque en la cocina y el arte se defendía - en la cocina podía ser realmente bueno si se lo proponía, ¡ese don estaba en los genes! - siempre estaba a la sombra del menor. Pero nunca podría reprocharle nada.

— ¿Qué querías decirme? - preguntó tomando la taza de café entre manos dispuesto a dar el primer sorbo.

— Ve… ¿recuerdas a Ludwig, el chico rubio alemán? - El mayor tan solo afirmó con un gesto de cabeza, dando al fin el primer sorbo aunque con el entrecejo fruncido. - Bien, pues… hemos decidido tener una relación seria.

Apenas dos segundos de silencio hubieran antes de que Lovino decidiera escupir el café cual fuente, ensuciando la mesa e incluso a su hermano. ¡¿Qué demonios había dicho? Dejó la taza de nuevo en la mesa ignorando las tantas miradas que se habían clavado en su persona ante aquella acción, rascándose rápidamente el oído, quizá había escuchado mal, tenía sucios los oídos y su mente le había jugado una mala y perturbadora pasada. Feliciano trató de limpiarse con una de las servilletas de papel rápidamente.

— ¡¿Que has dicho qué? - vociferó a los cuatro vientos.

— ¡No grites, fratello! Sa-sabía que te lo ibas a tomar mal, pe-pero - sacudió las manos frente a su rostro, inclinándose ligeramente hacia atrás en la silla, - ¡quería que lo supieras!

— ¡¿Cómo no me lo voy a tomar mal, stupido? ¡Estamos hablando de ese armario con patas! ¡Del engullidor de salchichas monstruosamente grandes! ¡Para colmo es demasiado serio, ¿qué si te hace daño? ¡Luego vendrás llorando y moqueando como niño pequeño!

Tras aquel pequeño discurso se cruzó de brazos, no sin antes arrojarle el diario a la cabeza. Se negaba rotundamente, ¡y no es porque le diera miedo el alemán! El otro no dejaba de ser su hermano menor y tenía un deber como hermano mayor, protegerlo de cualquier peligro y realmente el alemán, a su ver, era uno y muy gordo. Bufó con molestia maldiciendo por lo bajo hasta que el menor, tras haber dejado el diario sobre la mesa nuevamente y sobarse el golpe, le señaló la marca blanca que sobresalía del cuello de aquella camisa negra.

— ¡Es tu culpa! - se excusó antes de pedir perdón mentalmente con un par de rezos. ¡Si es que le sacaba de quicio el muy idiota!

Sus rezos mentales se vieron interrumpidos por el llanto de un pequeño. Alzó la mirada pensando que alguna madre estaría regañando a su hijo, sin embargo lo que vio fue como el menor de los hermanos giraba la mirada hacia la multitud, imitándole. Entre esta había un pequeño cuerpo de cabellera castaña, llorando desconsoladamente mientras que los demás pasaban por su lado como si este no existiera; nadie se detenía a preguntarle porque lloraba, si se había perdido o algo. El pequeño al sentirse completamente ignorado y desesperado trató de llamar la atención de alguien, aún sollozando, tratando de sujetar la camisa de alguien pero cuando lo conseguía la persona en cuestión se soltaba viéndole como la peor escoria del mundo. ¡¿En que mundo vivimos, señores? Feliciano quiso levantarse para ir a socorrer al pequeño, pero el mayor de los hermanos pareció adelantarse a sus acciones pues cuando quiso darse cuenta este ya estaba en camino, quedándose en su lugar observando. Lovino por su parte se acercó a aquel pequeño crío, apartando de mala gana - pero sin ser demasiado brusco - a las personas que parecían no tener ni la mas mínima compasión. Vale que él no fuera el mejor en el asunto, pero al menos si se trataba de un crío sabía que no se le podía dejar llorando.

— ¿Por qué lloras? - preguntó el italiano inclinando parte del cuerpo para quedar mas a la altura del niño.

El pequeño al escuchar aquella pregunta se giró en seco hacia su locutor, casi echándosele encima al ver que alguien le hacía caso. Sostenía un pequeño peluche en forma de tomate con largos brazos y una cara sonriente bordada.

— M-me he perdido… e-estamos aquí de vacaciones y no me conozco el lugar. ¡Quiero ir con mi mamá! - Volvió a romper a llorar, abrazando fuerte el peluche. - ¡Qui-quiero ir con mi mamá!

— ¡Está bien, está bien! No llores, buscaremos a tu mamá. - Se agachó por completo limpiándole las lágrimas. - Antes que nada, ¿cómo te llamas?

— A-Antonio - respondió al calmar su sollozo. - Me llamo Antonio - repitió ya mas calmado.

— Bien, Antonio, yo soy Lovino y aquel de allí es mi hermano Feliciano. ¿Te apetece un gelato? Invita él, obvio.

El pequeño solo afirmó por lo que el italiano se incorporó y le tomó de la mano para que no se le perdiera a él también. Tomó una silla libre de la mesa de al lado y la juntó entre ambos italianos. Por su acento, el pequeño no parecía italiano y a decir estaba bastante moreno por lo que dedujo que sería del sur. Al llegar el helado de frambuesa el pequeño sonrió de oreja a oreja, prácticamente devorando aquel frío dulce, y con eso ya le caía bien y todo.

— ¿Dónde has visto a tu madre por última vez? - preguntó el menor de los hermanos.

El crío no respondió, tan solo señaló con la cuchara hacia unas calles mas allá. Vale, no era demasiado lejos y la mujer de seguro lo estaría buscando como loca, al menos una madre normal y corriente lo estaría haciendo. Nada mas se terminó el helado el niño Feliciano pagó la cuenta y salieron en busca de la madre del crío. Tal y como supusieron encontraron a una mujer desesperada buscando algo, o mas bien alguien, y el pequeño no tardó en gritar hacia ella. Tras el gran abrazo familiar la madre agradeció una y otra vez por haber ayudado al crío a encontrarla y tras una pequeña conversa quedó claro que venían de España. Bonito lugar.

— Muchísimas gracias, de verdad, no se como agradecerles que lo ayudara.

— Ve… es el deber de un buen hijo del señor, ¿verdad, fratello?

— ¿Eh? - el ojiverde se había quedado completamente embobado en el pequeño, quien solo sonreía tomado de la mano de su madre. ¡Si es que era monísimo! - ¡Oh! Si, si.

Ya llegado el momento de la despedida el pequeño le entregó el peluche a su madre para poder abrazar al sureño. Sus labios se movieron antes de curvarse en una aún mayor sonrisa y regresar a manos de su madre, habiendo dejado al italiano boquiabierto. ¿Qué… había sido eso?

— Nos volveremos a ver, hermano Lovino, no lo dudes… - susurró una voz varonil, claramente, no podía ser la de un niño de unos cinco años de edad.

Aún anonadado incluso cuando hubo despedido a su hermano tras un largo sermón, donde en mas de una ocasión dejaba en claro que la homosexualidad estaba prohibida en Italia, volvió a sus aposentos para intentar descansar y olvidar aquel día, tal y como hacía siempre justo cuando se iba a dormir. Decidió que antes de acostarse comería algo tras una rápida ducha fría donde poder despejar aquella ahora aturdida mente.

Quizá había sido una simple jugada de su mente, claro, esa era la única respuesta lógica que le encontraba el que repentinamente a aquel niño le cambiara la voz, incluso había llegado a carcomerse la cabeza en como había sabido su nombre, pero si mal no recordaba se lo había dicho cuando lo encontró, por lo que simplemente era en vano.

Una vez bajo el teléfono de la ducha, dejándose empapar con cada gota, cerró los ojos para poder despejar aún mas su mente, desconectar del mundo real. Pero cuando lo lograba, aquella frase azotaba su mente como una mala broma, hasta que cansado de ello cerró fuerte los ojos.

— Señor, ¿por qué hoy quiere jugarme tan malas pasadas? ¿Tan mal pastor he sido?

No bien aquella última pregunta salió de sus labios todo el mundo desapareció para él, todo se volvió negro en cuestión de segundos, como única iluminación una tenebrosa mirada que podría helarle la sangre incluso a cualquier fan del metal. Obviamente al volver en si dio tal respingo que lo único que consiguió fue irse de culo al suelo por patinar con el agua, mirándose las manos como si fueran su peor enemigo.

— ¡No hacía falta que me respondiera así! - exclamó entre molesto y horrorizado, ahora no podría ni siquiera dormir

Como bien había creído el resto de la noche la pasó en vela, por lo que no asistió a la reunión que había sido citado, se la pasó encerrado en su casa cubierto por las sábanas temiendo volver a tener aquella horrenda visión. Esa mirada… ¿era lo que denominaban como Satanás? Y si era así, ¿por qué la había tenido tan repentinamente? Ya nada mas le hubiera faltado escuchar una risa de esas sacadas de una película de terror para que consiguieran que la ardilla volviera a atacar, porque si, ¡era una ardilla la que mojaba su cama de pequeño!

Ya pasado el medio día, después de la hora de comer, todo se encontraba en silencio, incluso las calles se encontraban en el mas profundo por ser ya la hora de la siesta y además de que ya el sol golpeaba con fuerza. O al menos así estaba hasta que una pequeña risa infantil se apreció en aquella habitación. Lovino, alarmado por aquella risa, asomó la cabeza de entre las sábanas para dar de lleno con un peluche en forma de tomate que le alargaba las manos.

— ¡Lovi! - gritó al parecer aquel peluche.

— ¡CHIGIAAAAAA! ¡SAL DE MI CASA, DEMONIO! - vociferó el italiano volviendo a esconderse bajo las sábanas.

— ¿Lovi? - preguntó aquella vocecilla intentando levantar la sábana. - Era una broma… no soy ningún demonio, soy Antonio~

El italiano no supo si alarmarse aún mas o simplemente calmarse, optó por un entremedio, asomar de golpe la cabeza mirando al niño de forma acusadora.

— ¿Qué haces en mi casa? Es mas, ¿cómo demonios has entrado?

— Ve~ ha venido conmigo, fratello~ - respondió un segundo invitado entrando en la habitación. - Venía a verte porque me dijeron que no habías ido a la iglesia, me lo encontré y me dijo si podía venir. ¡Al parecer fratello le cayó bien a Antonio!

— Si, si… como sea, no estoy de humor.

El sureño se dio media vuelta esperando que aquellos auto invitados entendieran aquella indirecta y se marcharan, pero lo único que al parecer captaron fue una invitación a que se quedaran, pues sintió como el colchón se hundía un tanto acompañado por unas palmaditas en el brazo. Giró la mirada por sobre su hombro tratando de no verse demasiado molesto, aunque lo estaba, molesto, irritado y a la vez aterrado. Sus ojeras eran cada vez mas visibles por la falta de sueño y eso no pasó desapercibido para ninguno de aquellos dos invitados.

Fratello debería descansar, no tienes muy buen aspecto.

— No me digas - respondió con clara ironía, provocando que el pequeño se riera por lo bajo. - No he dormido en toda la noche y cuando consigo algo de paz consigo dos entrometidos, ¿he podido descansar?

— He quedado con Ludwig, nada mas venía a ver si estabas bien… te encargo a Antonio, ya cuando puedas lo llevas con su mamá, ¿bene? ¡Nos vemos, fratello!

Y sin dejar que el mayor respondiera algo desapareció tal y como había aparecido, dejándole a solar con aquel crío. Se giró para poder verle, como el día anterior el pequeño no hacía mas que sonreír aunque parecía algo nervioso. Suspiró, no le quedaba de otra que levantarse.

— Lovi, po-

— No me llames Lovi, me llamo Lovino - cortó el comentario del menor incorporándose.

— Pero Lovi es mas corto. Es igual, como decía, - empujó al sureño para que se tumbara de nuevo, obviamente el mayor se dejó pues de no haber querido el pequeño no habría podido - Lovi está cansado… así que te dejaré descansar, ¿vale? - Ante el rostro interrogativo del sureño rió por lo bajo, descalzándose y quitándose los pantalones para poder meterse bajo las sábanas con él. - ¡Dormiré contigo!

¡¿Acaso ese crío estaba mal de la cabeza? Es decir, lo conocía solo de unos minutos y ya se le metía en la cama con toda la confianza del mundo, sin pantalones para mayor colmo, si alguno de los hermanos vieran aquello le acusarían rápidamente de abuso infantil y sería expulsado de la iglesia, además de ser denunciado a las autoridades. No, no podía permitir que por unas confianzas tan rápidas como las del crío toda su vida se fuera al traste. Se incorporó rápidamente viéndole con espanto.

— ¡¿Qué haces?

— ¿Eh…? No traje pijama, ¿te molesta que me quitara los pantalones? - preguntó en un tono demasiado inocente, haciéndole incluso ojitos.

— No, no me molesta que duermas sin pantalones, me molesta que te metas en mi cama así sin mas… ¡no sabes la que me puede caer si alguien nos ve!

— Nadie nos verá, estamos en casa de Lovi y si Lovi no grita no llamará la atención… además solo es dormir, ¿qué podría pasar por ello?

Bueno, visto así tampoco podría ser tan grabe. Suspiró masajeándose la sien, no estaba para reprochar nada después de no haber podido pegar ojo. Maldita sea, ¡además de que se le veía super mono con esa carilla! No, eso podía tomarse como un comentario bastante pedófilo, sacudió la cabeza y volvió a tumbarse dándole la espalda al crío.

— Buenas noches - espetó el mayor haciéndose bola.

— ¡Buenas noches! - respondió animado el pequeño, abrazándose a aquella bola ahora de nervios.

Como bien es sabido por aquellos que le conocen, ni una bomba estallando a cinco milímetros de su oído podría despertarle una vez cerraba los ojos y lograba dormirse, y en caso de que eso ocurriera lo hacía de muy, muy mal humor. Pero este no había sido el caso, había dormido demasiado bien y no había sido ni siquiera consciente de cuando se quedó completamente solo en aquella cama, ni de cuando aquellas marcas en su cuello habían aparecido, o de cuando su ropa fue completamente desprendida de si… al despertar, cual fue su sorpresa al sentir correr demasiado el aire. No le dio mucha importancia, se sentía bien después de haber podido descansar varias horas seguidas, por lo que simplemente se levantó dispuesto a ir a la cocina a por algo que poder comer. A penas y con la luz de la luna pudo verse reflejado en aquel enorme espejo que tenía en el pasillo. Fue entonces.

— ¡¿Pero q-?

Retrocedió sus pasos para poder verse de nuevo y claramente en el espejo, su silueta desnuda. Prendió la luz, quizá era una mala pasada como aquella alucinación del día anterior, pero no, ahí estaba, completamente desnudo y con marcas por su cuello. Le faltó bien poco de irse directo al suelo por el shock, pero por suerte pudo sujetarse del marco mas cercano, y ahora que lo pensaba…

— ¡Antonio!

Corrió de nuevo a la habitación, no había señales del niño, ni los pantalones que se había quitado ni del peluche. Nada. Rápidamente se vistió con el pijama, se sentía incómodo paseándose por la casa tal y como Dios lo trajo al mundo, aunque el dormir era distinto, dormir desnudo era casi sagrado menos cuando dormía con niños, como esa tarde. Corrió al teléfono para llamar a su hermano a avisarle de que no había llevado al pequeño con su madre y este había desaparecido, el menor le respondió que no se preocupara, que había ido para ver si ya había descansado y al ver al pequeño despierto sentado en el suelo, aburrido, se lo llevó de nuevo sin despertarle. Y menos mal que no lo tuvo delante en ese momento, porque de haber sido así le hubiera golpeado hasta que le dolieran los nudillos. ¡Que casi le daba un infarto!

Después de aquel incidente todo había seguido con su rutina. Había logrado esconder las marcas del cuello y había escuchado que el pequeño había vuelto con su familia a su casa. Todo volvía a ser igual de torturante que antes, la condenada y aburrida rutina que solo consistía en rezar ciertas horas del día, asistir a misa y escuchar como personas desconocidas se arrepentían de sus pecados.

Una vida tan simple… tan monótona.

Y pronto llegará a su fin.





Palabras/frases en italiano que aparecen en este capítulo:

Il peccato più grande ► Tu mayor pecado ( El pecado mas grande, literal )

Omosessualità ► Homosexualidad

Fratello ► Hermano

Stupido fratello ► Hermano idiota ( estúpido hermano, literal )

Bella signorina ► Bella señorita

Gelato ► Helado de Italia, tiene un menor contenido de grasa butírica.

[ Si alguien cree que en alguna traducción he errado, favor de decírmelo ]
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Re: 【FanFic Spamano】「Il peccato più grande」

Mensaje por Alfred F. Jones el Lun Oct 10, 2011 6:03 pm

Peccato 2: Falsità

Llevaba ya dos horas ahí encerrado, dos largas y tortuosas horas sin que nadie hiciera acto de presencia, e incluso el espacio parecía reducírsele aún mas a cada minuto que pasaba ahí. Cuando decía que quería tranquilidad no se refería a esa clase, la tranquilidad de un confesionario en el que apenas cabía una persona justa. ¿Lo mejor de todo? Es que del rato que llevaba ahí encerrado no había tenido la visita de nadie, ¿por qué hoy no le dejaban salir mientras no hubiera nadie? Ya luego lo descubriría, por mientras le tocaría apechugar y aguantar las enormes ganas de moverse o incluso de gritar. Un enorme sobreesfuerzo para su persona.

A unas cuantas calles lejos del lugar se encontraba un chico rubio tomando tranquilamente una copa de vino bajo la sombra de un árbol, acompañado de la mas pura tranquilidad solo rota por el revolotear de cierta ave… la cual empezaba a ser molesta. El joven alzó la mirada con cierta irritación, sabía a quien pertenecía y lo peor es que éste siempre se encargaba de molestar su única paz.

— Me pregunto porque seguimos aquí, Fran - espetó otro joven de ojos rubí y cabellera rubio ceniza.

— Porque él así lo quiere. Además, yo me pregunto que hace tu ave siempre revoloteando por encima de mi molestándome a todo momento. - Suspiró con pesadez al ver como el chico de ojos rubí tomaba asiento a su lado tras su repentina aparición. - Aunque la mejor pregunta sería por qué no haces mas que tocar las narices.

— ¡El gran YO nunca hace eso! Deberías estar agradecido de que puedes disfrutar de mi gran presencia. Kesesese~ - por un momento pareció ofendido por las palabras de su amigo, sin embargo, y pareciendo ya algo común en su persona, rápido recuperó su habitual sonrisa de superioridad.

— Si, claro, como digas.

A penas pasaron cinco minutos, en los cuales el alemán no hizo mas que hablar de cuan genial eran él y su ave, el rubio giró la mirada hacia uno de los árboles cercanos dándole el último sorbo a su copa. Hubo un largo silencio - ya que incluso el ave se había detenido para reposar sobre la cabeza de su dueño - hasta que finalmente una curiosa sombra asomó dejando a ver únicamente una sonrisa de satisfacción antes de esconderse en la copa del árbol de un salto.

— Oh, vamos. Después de tanto tiempo, ¿ahora te la vas a pasar escondido? - comentó el rubio fingiendo dramatismo.

— No seas llorón, Fran - espetó la voz del árbol, únicamente dejando asomar sus pies de entre las hojas. - No puedo dejar que me vean… al menos no por ahora.

— ¿Qué tiene de malo que te vean? - preguntó el de ojos rubí inclinándose hacia atrás, apoyando todo su peso sobre el respaldo del banco.

— Nada - respondió de forma seca el tercer invitado -, pero dudo de que la inteligencia del menor sea tan baja como dice tu hermano, Gilbo.

— ¿Eh? ¿West?

— ¡¿Por qué Ludwig?! Es decir, ¿acaso no confías en el hermano Francis para la tarea de l'amour? Me decepcionas.

De nuevo un incómodo silencio.

— Yo no le ordené que le diera amour a ese italiano, lo hizo por si solo - canturreó risueña la tercera voz. - Debo irme, tengo un juicio en breve. Fran, no me falles. Gilbo… solo no metas demasiado la pata.

Ante aquel último comentario se pudo escuchar el fuerte mecer de las hojas, como si aquel individuo que había preferido mantenerse en lo oculto se hubiera ya marchado. El alemán pareció ofendido por aquellas últimas palabras, ¡él nunca metía la pata! Siempre eran los demás que envidiaban su gran persona y no podían ver lo genial que hacía sus faenas. Bufó molesto y se levantó soltando su tan característica risa al ver como el rubio le imitaba apretando aquella copa entre sus dedos hasta hacerla estallar en varios pedazos. Cristal, siempre tan frágil.

Dos horas después de aquel suceso, ambos jóvenes se encontraban parados a varios metros de la iglesia donde actualmente se encontraba el italiano el cual, estaría de mas decir, estaba que se subía por las paredes. Vieron al chico del rulo salir por la puerta trasera con un muy notorio mal humor, sobándose el trasero después de haber estado cuatro horas sentado en la misma posición, aunque obviamente había dejado claro que no iba a volver a entrar en ese pequeño cuarto en mucho tiempo, si es que volvía a hacerlo.

— ¡Disculpe, padre! - el francés corrió hacia el italiano, sonriendo lo mejor que pudo.

— ¿Eh? - Incrédulo, parpadeó al ver que este se acercaba a él y dejó de manosearse el trasero, ya que básicamente estaba haciendo eso.

— Verá, soy nuevo por estas andadas y aquí mi… - cuando quiso señalar al alemán, este había prácticamente desaparecido entre la multitud de personas. - Como decía, y aquí mi compañero y yo desearíamos saber donde queda la Galleria Piandisetta, si lo dije mal corríjame. Y ehm… quisiera preguntarle donde queda.

El italiano, que ya de por si era pésimo intentando comunicarse con las personas de forma amable, y además era aún peor intentando explicar o detallar algo, no supo bien como responder aquello. Si sabía la ubicación, pero quedaba bastante lejos de donde se encontraban y no tenía ningún mapa a mano así que optó por la salida mas fácil.

— Acompáñame, se de alguien que puede ayudarte.

El francés pareció ilusionado, en el fondo sabía donde estaba pero debía llevar a cabo el plan. Que por muy absurdo e idiota que era, eran ordenes directas del jefe, como le gustaba llamarle hablando de puestos de "trabajo". Pero algo estaba fallando, el alemán no aparecía para hacer su parte del plan y el italiano se estaba dirigiendo hacia el interior de la iglesia. ¡Maldito Gilbert! Si es que sabía él, que para hacer algo bien, había que hacerlo uno mismo. Siguió al menor creyendo que le haría esperar fuera, pero al ver como este directamente se adentraba haciéndole señas de que le siguiera se detuvo a escasos pasos de la puerta. Aquella fuerte presión en el pecho, la fuerza que parecía querer mandarlo lejos como osara dar un paso mas… no podía adentrarse en terreno enemigo, ya estaba haciendo demasiado jugando con uno de los peones del grande.

— ¿Qué pasa? - cuestionó el castaño al ver que el otro no le seguía.

— Ahm… - carraspeó algo nervioso. - No puedo entrar, ¡digo! Está aquí fuera mi amigo y si no me ve capaz y pasa de largo, ya sabe, no podemos separarnos…

El menor, algo confundido, no dijo nada. Tenía lógica aquella excusa así que simplemente entró a buscar a alguien que pudiera ayudar al francés y salió por la puerta principal. El plan había sido todo un fracaso, se les iba a caer el pelo, ¡y Francis amaba su hermosa cabellera como para perderlo por el incompetente de su amigo! Lovino, ajeno a todo lo que podía ocurrir debido a su falta de comunicación y por su gran idea de salir por la puerta delantera para no tener que lidiar con aquel rubio - no le había dado demasiada confianza, ¡parecía un pervertido! -, continuó su camino con la clara intención de ir hacia su casa. Algo debía admitir, cuando era uno cualquiera todos chocaban contra él como si no existiera, le insultaban o ignoraban, y ahora, que se hacía llamar hijo de Dios, todos se apartaban y si de casualidad alguien chocaba contra él le pedía perdón, todos le saludaban. Parecía sentirse bien en aquella nueva vida, pero a veces se preguntaba si aquel sentimiento solo era una farsa; una gran mentira.

Una vez en su casa, tras haberse desecho de aquellas incómodas ropas negras y tirarlas al rincón de la ropa sucia - curiosamente en el comedor -, pasó directo para ir a tomar un baño pero algo llamó su atención. Sobre el sofá había algo rojo y verde que no recordaba haber dejado esa mañana ahí, es mas, no recordaba ni siquiera tener algo así, por lo que se acercó curioso hallando un enorme peluche en forma de tomate, con una cara sonriente bordada y un par de brazos. Ese peluche era…

— ¡¿Pero qué…?! - exclamó mirando de un lado a otro del comedor.

Acababa de entrar y la puerta estaba tal y como la había dejado en la mañana, cerrada con llave, las ventanas no parecían haber sido forzadas y dudaba de que un crío pudiera haber sido tan listo como para entrar sin tener que romper los cristales. Ese, sin duda, era el peluche que llevaba siempre aquel pequeño español consigo. Notó que un papel sobresalía de la base del peluche y algo asustado lo tomó para leer, algo dificultoso ya que la letra era claramente la de un niño o simplemente de un adulto con una ortografía horrible, algo que en parte le calmó, pero por otra confundió aún mas.

"Oy estube en casa de Lovi~ pero como no estaba le deje mi peluxe para que lo cuidara. Se llama Sr. Tomate! Cuidalo, si? Ire con venecito a recogerlo muy pronto. Con muxo cariño, Antonio!"

— Tomate… - susurró antes de dibujar una sonrisa ladina. - Demasiado obvio.

Por lo que había entendido había ido con su hermano menor, pero lo que no entendió es, si así había sido, porque no lo había llevado a la iglesia donde estaba en vez de a la casa. Aunque… puestos a pensar, sería mejor pedirle que dejara de usar esa llave de repuesto que había dejado en su casa para allanarle la morada o acabaría dándole un infarto a sustos. Tomó el peluche y abrazándolo se lo llevó a la habitación. Eso había sido un hermoso detalle por el pequeño, si es que además de lindo por fuera lo era por dentro… seguro que de mayor tendría muchas pretendientas.

— ¡¿Cuándo volvió a Italia el enano?! - vociferó a los cuatro vientos, sorprendido por no haber caído antes en ese detalle.

Sin dejar el peluche llamó rápidamente a su hermano, quizá él supiera el cuando y el porque, que si bien eso último no le importaba en lo mas mínimo lo primero le carcomía el interior en curiosidad. Tras una pequeña conversa descubrió que el menor no tenía ni la mas remota idea de cuando, que acababa de enterarse al igual que el mayor. Estaba por gritarle que dejara de mentir, que se le daba fatal hacerlo, pero era cierto, tan mal se le daba que directamente no lo hacía… por ende, le estaba diciendo la verdad además de que una tercera voz al otro lado del teléfono lo calló de golpe.

— ¿Quién hay ahí? - preguntó finalmente el mayor curioso.

— Ve~ Es Ludwig, ¡hemos ido al cine al ver una película romántica! Me costó mucho llevarlo. Pero justo cuando llamaste Ludwig me estaba abrazando y-

— ¡VALE! ¡Ya entendí! No necesito mas detalles para entender que les corté el momento. - Bufó algo asqueado por la idea de imaginarse a su hermano y aquel fornido alemán haciendo a saber que cosas. ¡Pecaminosos! No sería él quien fuera y les diera su perdón.

Sin siquiera despedirse colgó y clavó la mirada en el peluche, soltando un nuevo bufido. Bien parecía que aquel niño había llegado a su vida como una flecha y que por mas que pasaran los días lo único que hacía era enterrarse mas en la herida. ¿Llegaría el día en el que tal flecha se hundiría tanto? Sacudió la cabeza yendo hacia su habitación. Si mal no recordaba aquella idea la había sacado de una película romántica que había sido obligado a ver para poder acostarse con alguna de sus amantes, así que no podía usarla para referirse a un hombre, concretamente a un niño, y menos para un intento de amigo. Dejó el peluche a los pies de la enorme cama y sin mas pausas tomó una rápida ducha, acostándose tras secarse lo justo sin ponerse el pijama que estaba tirado sobre la silla desde aquella tarde que se había sido prácticamente obligado a usarlo.

Y de nuevo, las marcas del cuello aparecieron, esta vez acompañadas por varias mas por todo el cuerpo.

¿Sarampión quizá? ¿Varicela? Esta última no podía ser porque ni había granos, ni había sido algo que había salido poco a poco ni fiebre, así que podía descartar lo primero también. Al poco de despertar y percatarse de aquellas repentinas marcas cayó en cuenta de algo. No eran marcas de alguna enfermedad, parecían mas bien las típicas marcas que quedan tras una noche de pasión, pero algo fallaba en esa deducción; acababa de pasar la noche a solas y por mas que hubiera intentado darse placer a si mismo durmiendo no habría podido dejarse tales marcas. ¡Estaba todo mal! Por suerte ese día podía pasárselo en casa, no tendría que ver a nadie si no habría la puerta a nadie. Eso haría.

Algo apartado de aquella zona se encontraba el menor de los hermanos durmiendo a pierna suelta, con las mismas marcas e igual de desnudo, la única diferencia es que a su lado yacía plácidamente el cuerpo de un alemán ligeramente ruborizado. No hacía mucho que había decidido dejar aflorar aquel mero sentimiento al que su hermano llamaba simplemente necesidad de amor carnal, ¿de verdad no podía él sentir verdadero amor por alguien? Aquel cosquilleo y nerviosismo al ver al otro llegar sonriendo, el placer de una simple caricia o sentir como tu corazón late desenfrenadamente al sentir el roce de sus labios contra los propios. Según el italiano eso era amor, entonces él lo sentía. Suspiró sintiendo como aquel pequeño y delicado cuerpo se removía bajo las sábanas hasta abrazarse a él apoyando la cabeza sobre su pecho, momento en el que aprovechó para pasar el brazo y acariciarle el cabello con las yemas. Ludwig no era precisamente el ser mas delicado del mundo, pero no por no querer serlo, sino por no saber. Sin embargo, eso no le impedía tener sus momentos. Cerró los ojos dejando escapar un nuevo suspiro, el cuerpo le reclamaba por moverse, demasiado rato tumbado en la cama sin hacer nada no era bueno para él, pero tampoco deseaba romper aquel simple contacto. ¿Cuánto sería capaz de dormir el italiano? No bien se hizo esa pregunta el cuerpo del castaño se tensó y pudo escuchar un sonoro bostezo.

— Guten morgen.

— Buon giorno…


Algo perezoso, Feliciano se incorporó hasta quedar sentado, tallándose los ojos en un intento por dejar de ver borroso. Justo en ese momento el rubio se percató de las marcas en sus muñecas y cintura. Parecía que había atado demasiado fuerte el cinturón en sus muñecas y golpeado con el fuete; debía dejar esa obsesión o alguien acabaría denunciándole por abuso o maltrato. Aquel leve sonrojo se acentuó y desvió la mirada cuando la del italiano se clavó en esta, pero al verse ignorado se dejó caer sobre el rubio.

— Ludwig se puso todo rojo… - Rió por lo bajo al notar como el nombrado se sacudía bajo él. - Me duele, mi cadera.

— A-ah. Lo siento - intentó disculparse pero el castaño pronto negó con la cabeza.

— Si así te gusta está bien, pero de vez en cuando. Duele mucho.

¿Era su imaginación o parecía que al italiano no le había desagradado del todo? Se supone que si se dejaba es que no estaba del todo en contra, además de que solo habían sido un par de golpes, no demasiados, y el castaño tampoco se había quedado atrás antes de que le atara de las muñecas. Sin duda las apariencias lograban engañar mas de una vez.

Escuchó el teléfono móvil sonar por lo que hizo que el castaño se levantara para poder cogerlo. Como siempre, el molesto de su hermano mayor. Bufó y a desgana contestó. De mientras, Feliciano decidió ir a preparar algo para desayunar, así que tomó unos interiores limpios y se fue hacia la cocina. El cuerpo le dolía horrores al andar, por lo que tardó mas de lo esperado, debería decirle a Ludwig que aquel tipo de acciones dejarlas solo para pocas ocasiones o temía acabar yendo en silla de ruedas - la típica exageración, ¡pero por si acaso! -.

Cogió lo necesario de la nevera, un par de salchichas para el rubio y la pasta que había sobrado de la noche anterior para él. Ya cuando hubo servido el poco almuerzo escuchó llegar al alemán, el cual mantuvo su mirada gacha hasta llegar donde el castaño.

— ¿Todo bien? - preguntó ladeando la cabeza.

— Ah. - Afirmó con la cabeza y tomó asiento. - Solo que de nuevo se metió en un problema y llamaba para contármelo. - Suspiró masajeándose la sien. - No aprende nunca.

El mayor de los italianos había vuelto a caer al mundo de los sueños, sin embargo esta vez no era un sueño tan profundo con lo que con el mas mínimo ruido parecía ponerse alerta.

Ya rozando el medio día el notar como parte de la cama se hundía mas que ponerlo alerta lo despertó lenta y pausadamente, como si no quisiera regresar al mundo real. Se dio la vuelta dándole la espalda a la zona que poco a poco se hundía, realmente, no le importaba quien fuera.

— Lovi~ - canturreó una voz familiar pero a la vez desconocida para el italiano de forma sensual. - Lovi~ - repitió al ver como este ni se percataba de su llamado.

El portador de aquella voz alargó la mano y deslizó con la yema de los dedos suavemente la sábana hacia abajo, exponiendo poco a poco aquel cuerpo desnudo. No sabía como tomarse la falta de cooperación del otro, tan solo rió por lo bajo terminando de deslizarla hasta la cintura. Seguía sin haber movimiento por parte del otro, o al menos hasta que el italiano se removió de forma obligada quedando con la mirada hacia arriba. Aquella silueta era… familiar, desconocida y terrorífica a la vez para su persona, aunque con la mirada entrecerrada no podía distinguir nada, ¿corazonadas quizá? Para él la otra persona no era mas que un par de manchas de colores castañas, un par de manchas que parecían mirarlo curioso. De nuevo el auto invitado rió por lo bajo y se acomodó a los pies de la cama, anhelando el espectáculo que estaba por empezar solo para él. La respiración del italiano poco a poco empezó a acelerarse, curvando la espalda ligeramente. El cuerpo del menor era recorrido por corrientes eléctricas que despertaban cada rincón de su ser, no permitiéndole salir de aquel mundo de ensueño, únicamente permitiendo que su subconsciente mandara sobre sus acciones. Su cuerpo se movía aún cuando él no ordenaba nada, dejando que aquel calor continuara inundándolo hasta que finalmente aquella rápida respiración se convirtieron en suaves jadeos. Se estaba excitando sin ser tocado, sin ver y sin querer.

— Lovi parece que despertó, Sr. Tomate~ - canturreó aquella voz llamando la atención del menor.

Había sido mas fuerte recuperando la noción, sin embargo su cuerpo seguía sacudiéndose ante espasmos, deseoso de mas. Sacudió la cabeza queriendo gritar que aquello se detuviera, que fuera lo que fuera le dejara en paz, pero lo único que logró fue girar la mirada hacia lo que antes habían sido un par de manchas para él, ahora viendo… su pesadilla en persona. No era mas que un hombre de piel bronceada, ojos verdes que podían hipnotizar a cualquiera y una larga y ondulada melena pasando los hombros. Una descripción común para… si omitíamos aquel par de cuernos que sobresalían de su cabeza, grandes y afilados cuernos blancos, largas uñas de color negro y afilados colmillos como los de cualquier vampiro. El joven mitad mitológico, o lo que fuera, al percatarse de que el italiano lo observaba entre jadeos y suspiros, sonrió ladino y chascó la lengua, momento en el que el menor sintió una mayor oleada de calor sintiéndose cerca del clímax.

— Eres un mentiroso, Lovino. Nunca deseaste ser lo que eres ahora, siempre fuiste un pecaminoso y ahora reclamo lo que es mío. Me perteneces, Lovino Vargas, no importa lo que te creas que eres.

Tras aquellas palabras que parecían dagas para el cuerpo del menor sintió las corrientes finales permitiéndole eyacular finalmente.

Su cuerpo se sacudió dando un grito mientras se sentaba en la cama, viendo todo a su alrededor con completo horror. ¿Había sido un sueño? Bajó la mirada a la vez que alzaba la sábana para comprobar si realmente había llegado a un orgasmo sin ser ni siquiera rozado. No había marcas húmedas, ni siquiera manchas que delataran que efectivamente aquello había ocurrido.

— ¡Pesadillas del mal! - exclamó mirando el peluche que seguía en el mismo lugar donde lo había dejado.

Suspiró en parte aliviado, en parte perturbado. Marcas que aparecen en su piel sin mas, sueños en los que reconoce siluetas que no había visto nunca, voces y semejanzas… Se estaba volviendo loco, pero eso seguía sin explicar las marcas. ¡Había sido poseído! Si, solo tenía esa posibilidad. O eso o era un sonámbulo que se golpeaba con todo y ahora confundía con besos. Miró por la ventana hacia el cielo despejado, todo marcaba para un día perfecto para toda persona que no fuera Lovino Vargas.

¿Qué demonios ocurría con él? Desde la fecha en que su hermano le dijo que iba a tener un romance con un hombre parecía que estuviera sufriendo él el castigo por su hermano. ¿A quién… le pertenecía?





Si en el anterior capítulo no se hicieron a la idea, aquí di una enorme pista ( pero no, esto no es lo que ocurrió antes ). Y si, se que si se imaginan a Antonio con la descripción dada pensarán "Oh, Dios... ¡que feo!"; yo también lo pensé. No me acaba de agradar como quedó este capítulo... no hay mucha "chicha", pero quise hacer algo en lo que aparecieran Fran y Gil~ ( si me van a decir que porque lo subí si no me acababa de agradar... simple, porque no tenía ni idea de como hacerle para no andar ya metiendo cosas del siguiente cap. ) Y el plan... ¿qué era? Bueno, si quieren saber, simplemente era que mientras uno distraía el otro le robaba y luego aparecía el *ejem* regresándole lo perdido. Si, suena MUY cutre, pero ya desde el principio tenía planeado que no se llevara a cabo así que... busqué algo así de "tonto". En un principio el capítulo iba a subirlo ayer, pero mi conexión se opuso por completo ( ¬¬ ), pero bueno... un día de diferencia solo (?).
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